La leyenda de Torrenovae

Durante el verano de 2014 pasé unos días por la preciosa zona de Galicia. Santiago de Compostela fue uno de los muchos lugares que visité y tras deambular varias horas por la ciudad entré en una librería a ojear algo como es mi costumbre ( raramente pierdo la oportunidad de perderme en los edificios llenos de libros).

De entre los muchos que admiré me decidí por un sencillo y pequeño recopilatorio titulado “Leyendas, Tradiciones y episodios históricos de Galicia”, escrito por Luciano Cid Hermida a finales de siglo XIX (1891) para así poder conocer más detalladamente la historia y el encanto de los lugares que me hallaba atravesando.

Recuerdo que en aquel momento ninguno de los capítulos me llamó especialmente la atención. Sin embargo en el mes de marzo del 2016 recuperé la curiosidad por el fascímil y la leyenda que ha inspirado esta entrada capturó mi curiosidad y fascinación.

Tal relato es uno más de entre los millares que se encuentran dispersos por doquier en nuestra geografía pero, como no lo encontré en internet, me decidí a transcribirlo del libro para incluirlo en la web y que así todo el mundo pudiera conocer la “Leyenda de Torrenovae”.

Ahora que ya conoces mi motivación, doy paso directo al meollo de la cuestión.

I

Nada más agreste, y al propio tiempo más pintoresco, que el grandioso panorama que se extiende á los pies del Castillo de Torre-Novaes, y no Terranovais, como vulgarmente y por corrupción del lenguaje se denomina por las gentes de la tierra de Quiroga.
Pocos años hace que se originó una grave cuestión entre los vecinos de la parroquia de Piñiera y los de Sotordey, con motivo de haberse descubierto una mina ó subterráneo, en la línea divisoria de los dos pueblos, disputándose con empeño el derecho de rebuscar en las obscuras profundidades del aquel ignorado camino un soñado tesoro, que la calenturienta imaginación de nuestros campesinos suponía encerrado allí por los moros, fantásticos autores de mil maravillas, encantamientos y hechizos, según las consejas que corren de boca en boca de las crédulas y sencillas gentes de la aldea.
No faltaron algunos más valerosos, ó avaros que, provistos de linternas y herramientas, penetrasen durante la obscura y callada noche, en el medroso subterráneo, avanzando por su interior largo trecho y siguiendo una rápida y húmeda pendiente, sin que encontrasen más tesoros ni princesas encantadas que algún gigantesco murciélago, cuyas membranosas alas pasaban rozando los pálidos rostros de los exploradores; y así hubieran continuado, si las filtraciones que atravesaban la parte superior de la mina, y un ruido sordo que se dejaba sentir sobre sus cabezas, no les hubiera hecho comprender que se encontraban bajo el produnfo lecho del turbulento Sil.

Esta idea, y la inutilidad de sus pesquisas, fueron causas bastantes para hacerles desistir de su propósito, retrocediendo, desde luego, sin atreverse á proseguir la peligrosa aventura.
Contáronme el suceso, cuando me hallaba visitando en cierta ocasión aquel pintoresco país, y excitada mi curiosidad, me propuse averiguar lo que hubiera de cierto sobre las diferentes versiones que se daban respecto á la existencia y el origen del mencionado subterráneo, y, por mi fortuna, encontré quien me refieriese la Leyenda de Torrenovais, íntimamente ligada con la misteriosa mina, origen de las cuestiones surgidas entre los crédulos vecinos de la Piñeira y Sotordey.

Villa San Martiño, N-120, km 487

Villa San Martiño, N-120, km 487

Busqué después algunos antecedentes históricos, referentes á los señores del antiguo castillo, cuyas torres aun se elevan medio derruidas sobre la derecha orilla del Sil, habiendo llamado también mi atención una pequeña atalaya situada en la opuesta margen del río Quiroga, desde donde se domina el fértil valle y el lindo pueblecillo de Novais con sus rústicas viviendas y sus ricos viñedos.

Los antecedentes históricos y la leyenda, que me contaron, parenciénrome de algún interés, y los he conservado entre mis apuntes, viniendo á formar hoy parte de esta moderna colección.

II

Reinaba en Asturias y León, allá por el año 931, Ramiro II, por voluntaria renuncia de su hermano Alfonso IV, que se retirara á disfrutar de la tranquilidad del claustro en el monasterio de Sahagun.
Apaciguadas las contiendas interiores de sus estados con la prisión de los hijos de don Fruela y la de su hermano Alfonso á quien mandó sacar los ojos para que no se volviera á intentar apoderarse de la corona que había renunciado, emprendió Ramiro con gran brío la reconquista, llegando en el siguiente año de 932 hasta las puertas de Magerit, plaza y fortaleza que conquistó á los árabes, sin preveer que, pasados muchos años, había de ser la brillante y populosa capital de la nación española, cambiando con el transcurso del tiempo el nombre árabe de Magerit por el de Madrid.
Siguiéronle en esta expedición varios nobles gallegos, distinguiéndose por su valor un hidalgo de la tierra de Quiroga, llamado Pai Pérez, á quien el Rey premió concediéndole un pequeño señorío sobre la margen derecha del Sil, y muy cerca de Montefurado, ó sea en la comarca en donde aun existen las ruinosas torres del castillo de Torrenovais.
Aliado más tarde con el Conde de Castilla, no duda Ramiro II en medir sus armas con el mismo Califa Abdherraman III, presentándole batalla el año 939 en Simancas, y alcanzando una completa victoria sobre las numerosas huestes del temido y, hasta entonces, afortunado vencedor Califa cordobés.
No fue pequeña la parte de rico botín que correspondió al valiente y fiel hidalgo Pai Pérez en esa memorable jornada, pues grandes y numerosas eran las riquezas halladas en las tiendas de los soberbios caudillos moros y del magnífico Califa de Córdoba, obteniendo más tarde la venia del Rey para retirarse á su país y contruir un castillo señorial en las tierras que anteriormente le fueran donadas por el mismo Ramiro II.

III

Cuatro años más tarde, se presentó en las tierras de Quiroga un hombre de armas leonés, en representación de Ordoño III, hijo y sucesor de Ramiro II, quien, aliado con su suegro el Conde de Castilla, Fernán González, convocaba á todos sus ricos-homes y vasallos para continuar la reconquista emprendida por sus antecesores contra los árabes.
Desconocedor del país el hidalgo, preguntó á las gentes del campo por la morada de varios señores, citando entre ellos á Pai Pérez, siendo guiado en el acto por un campesino hasta la falda de la colina sobre la que se hallaba situado el castillo. Indicóle el plebeyo el camino que le había de conducir á la cumbre y pronunció, al despedirse, estas palabras: <> palabras á las que contesto el hidalgo: <<Torre-nova-é , en verdade>>, de donde tomó la fortaleza el nombre de Torrenovaé, ó Torrenovaes, que desde entonces se dio al castillo, según me refieren los que se dan por conocedores de las antigüedades del país.

Castillo de Torrenovae

Castillo de Torrenovae

No tan afortunado en esta campaña, como en las anteriores, el señor de Torrenovaes murió peleando al frente de su mesnada contra los infieles, sin dejar directa descendencia que pudiera heredar los bienes y el castillo que debía á la munificiencia de Ramiro II.
Nombró Ordoño III Alcaide de Torrenovaes á uno de sus deudos, y nada aparecen en las crónicas de aquellos tiempos, que á este señorío se refiera, hasta los reinados de Alfonso VI, de Castilla y Sancho I y Alfonso II de Portugal.
Sirviera con lealtad y bravura el rico-home Payo Correa, primero de este apellido, al Rey Alfonso VI en el cerco y conquista de Toledo el año 1085, por lo que obtuvo varias mercedes, educándose en la Corte su nieto Pedo Correa, que primeramente fue paje de la Infanta doña Urraca, y que sirvió más tarde al Rey AlfonsoVII en las excursiones que este monarca realizó por Andalucía, hasta la conquista de la plaza de Almería, haciéndole entonces el soberano donación del Castillo de Torrenovaes, por cuya causa fue conocido con el nombre de Pedro de Novaes, según le citan los cronistas, apellidándole también el Viejo, por la larga vida que alcanzó hasta fines del reinado de Fernando II de León en 1158.
Pedro de Novaes, el Viejo, tuvo de su matrimonio con una rica-hembra de la familia gallega de los Martínez, á Martín Fernández de Novaes, que casó con doña Sancha Martínez de Riva de Visela, y tuvieron a Vasco Martínez de Pimentel, primero de este apellido, que sirvió á Alonso II de Portugal, y á cuyos estados pasara, huyendo de la venganza de Alfonso IX de León, por su manifiesta parcialidad en favor del Rey de Castilla, Fernando III, durante la menor edad de este monarca.
El carácter áspero y violento de Vasco Martínez de Pimentel fue causa de que provocase reñidas contiendas y contínuas discordias con frailes y obispos de Portugal; y poderoso entonces como unca el clero, lanzó sobre el señor de Torrenovaes, para deshacerse de tan pertinaz como turbulento enemigo, anatemas y excomuniones, de las que no fué bastante á librarle el amparo y la alta protección de Alonso II, por lo cual tuvo que refugiarse en Galicia y pedir protección á uno de sus deudos más cercanos, á quien había nombrado Alcaide del castillo de Torrenovaes el Rey de León.

IV

No tardó el vengativo Alfonso IX, que llevó el rencor contra su propio hijo Fernando III hasta el extremo de negarle la corona de León en la misma hora de su mierte; no tardó, repito, en tener conocimiento de la entrada de Vasco Martinez en Galicia, y del amparo que le diera su deudo en el castillo de Torrenovaes.
Nunca mejor ocasión para castigar al levantisco y turbulento excomulgado, disponiendo que uno de sus capitanes cercase con todo rigor la fortaleza, y que no dejase piedra sobre piedra del maldito castillo, arrasando sus torres y murallas, y sembrando con sal todas sus pertenencias, si no le entregaban prisionero á Vasco Martínez de Pimentel.
Grave era el aprieto en que se veía el deudo del señor de Torrenovaes, cuando se presentó á las puertas de la fortaleza un escudero, acompañado de heraldos y farautes, proclamando tres veces el nombre del Rey don Alfonso IX de León, é intimando la inmediata entrega del rebelde y excomulgado Vasco Martínez, dentro del breve plazo de veinticuatro horas.
Fuertes eran los muros, y aguerridos y fieles los hombres de armas que guarnecían el castillo de Torrenovaes; pero, si el cerco se prolongaba, muy en breve carecerían de agua y de provisiones, viéndose entonces en la precisión de entregarse á merced del vencedor. Sin atemorizarse ante estas consideraciones, el bravo é iracundo señor de Pimentel sólo pidió de plazo á su deudo hasta la media noche, para adoptar una resolución definitiva, puesto que el sol trasponía ya las altas cumbres de las vecinas montañas, cuando los soldados del monarca de León arribaron á las puertas del castillo.
Aceptó la proposición el Alcaide, y retiróse el señor de Torrenovaes á su cámara, cerrando la ancha puerta con dobles cerrojos y dirigiéndose después al esculpido lecho de encina, le apartó con recio empuje, dejando al descubierto una argolla de hierro, amarrada al pavimento de la habitación.
Abrió en seguida un gran almario de roble, que estaba colocado á un extremo de la cámara, proveyóse de una larga antorcha y de una escala de cuerda, colocólas sobre un sillón, asió la argolla con sus membrudas manos, y haciendo un poderoso esfuerzo, levantó una trampa que ocultaba un subterráneo desconocido para todos los habitantes del castillo.
Una vez practicadas estas operaciones preliminares, y satisfecho del resultado, abrió la puerta de la estancia y exclamó con potente y clara voz:
- Nuño! Nuño!
Oyéronse por el corredor los pasos de un hombre de armas y el crujir de un arnés, apareciendo al poco rato el deudo del señor de Torrenovaes á la entrada de la cámara.
- Retira los centinelas de las murallas, mi buen Nuño, reúne á todos los servidores y soldados del castillo, y que te acompañen á esta habitación. Anda presto, que el tiempo urge, y la noche avanza.
Marchóse el Alcaide sin hacer la menor objeción, y paseábase en tanto Vasco Martínez de un extremo á otro de la cámara con marcadas muestras de impaciencia, hasta que el ruido de fuertes pisadas le hicieron detenerse y fijar sus ojos en la puerta, por donde penetró el fiel Nuño, seguido de todos los hombres de armas del castillo, que guardaron respetuoso silencio esperando las órdenes de su señor.
- No quiero que sufráis injustamente por mí causa las iras del Rey de León, ni exponeros á una muerte segura resistiendo aquí á sus soldados, dijo Vasco Martínez: pero en cambio puedo ofreceros riquezas y libertad si quereis seguirme al servicio del poderoso y magnífico Abu-Iacub.
Cuando mi abuelo Pedro de Novaes recibió en donación esta fortaleza de manos del Rey Alfonso VI, mandó construir una mina que, desde los subterráneos del castillo, conduce hasta la orilla izquierda del Sil, obligando bajo juramento á los ejecutores de esta obra á guardar el más riguroso secreto. Así lo cumplieron, y únicamente se ha conservado entre los señores de Torrenovaes, de padres á hijos, el conocimiento de la mina salvadora por donde, en caso de guerra, pueden los moradores del castillo burlar á los sitiadores , y escapar nosotros á la venganza del Rey de León.
Aquí está la bajada á los subterráeos; aquí una larga y fuerte escaña de cuerda, y, por último una antorcha para alumbrar nuestro camino bajo las profundidades de la tierra. ¿Quereis seguirme?
- Reinó profundo silencio en la vasta cámara, después de pronunciadas las anteriores palabras por Vasco Martínez de Pimentel, silencio que al fin fue interrumpido por el fiel Nuño que, con respeto, pero con grave firmeza al propio tiempo, se expreso así:
- Loado sea Dios, que tan buena idea inspiró á vuestro previsor abuelo Pedro de Novaes, evitando así una sangrienta lucha entre soldados cristianos y vasallos todos de un mismo Rey. Nosotros no podemos seguirte al servicio del Rey moro, enemigo de nuestra patria y de nuestra religión, porque nos encontramos en distintas condiciones. Marcha tú en buena hora, ya que la desgracia te obliga a refugiarte en tierra enemiga, y que el Señor te proteja y que ilumine también al Rey de León para que un tan bravo caballero no vuelva sus armas y su brazo contra sus hermanos, ni contra su Dios.
Quedóse meditabundo largo rato Vasco Martínez, al escuchar las sentidas y severas frases del buen Nuño, y revelándose en su enérgico semblante las encontradas pasiones que agitaban su alma; pero, levantando con arrogancia su fiera cabeza, exclamó:
- Dices bien, Nuño. Yo solo soy el maldito; yo solo debo huir de mi patria y del solar de mis mayores , sin arrastrar en mi desgracia á servidores tan bravos como leales. Podeis retiraros, y mañana al amanecer abrid sin temor las puertas del castillo á los soldados del Rey de León, pues Vasco Martínez de Pimentel habrá burlado ya de sus planes de venganza y se encontrara lejos de aquí.
Dijo, y despidió con majestuoso ademán á sus servidores, quedando tan sólo allí el buen Nuño que, con lágrimas en los ojos, estrechaba acaso por última vez la nervuda mano de su deudo, y que abandonó por fin la estancia cabizbajo y hondamente preocupado por la suerte del señor de Torrenovaes.

V

Amaneció el siguiente día y penetró el Alcaide de la fortaleza en la estancia de Vasco Martínez, con la más viva ansiedad retratada en su semblante. Recorrió con ávida mirada todos los rincones de la cámara, y acercándose á la negra y obscura boca que comunicaba con el subterráneo, vió colgando la fuerte escala de cuerda, señal evidente de que su deudo había seguido el oculto camino que se ofrecía á su vista, y utilizara ya aquel único y seguro medio de salvación.

Castillo de Torrenovae

Castillo de Torrenovae

Tranquilo respecto á este punto, retiró la escala, cerró la trampa, ocultándola después con el pesado lecho, y colocó cada objeto en su lugar acostumbrado
Los soldados del castillo le esperaban formados en el patio de honor, á donde se dirigió, ordenando que se abriesen las ferradas puertas de la fortaleza, se soltasen las cadenas del puente levadizo, y que se dejase entrada franca al capitán leonés que, en nombre de Alfonso IX, venía á llevarse prisionero al rebelde y excomulgado Vasco Martínez de Pimentel.
Cuando el Capitán del Rey de León se presentó con sus hombres de armas á la entrada del castillo, adelantóse á su encuentro el valiente Nuño, ofreciéndole franca hospitalidad, que aquél agradeció al buen hidalgo y fiel Alcaide de Torrenovaes.
Breves fueron las explicaciones que mediaron entre los dos hidalgos respecto á Vasco Martínez de Pimentel, asegurando el Alcaide que no se hallaba en el recinto de la fortaleza, y que si el día anterior no había dado ya albergue al mensajero del Rey, fuera tan sólo ante el temor de un ardid de guerra, muy frecuente en aquella época de sorpresas y traiciones, y hasta probable teniendo en cuenta la hora en que se hiciera la intimación, cuando las sombras de la noche impedían reconocer la bandera y las armas del monarca leonés; pero que cerciorado á la luz del día de la verdad de los hechos, no dudara un solo instante en acatar los mandatos de su dueño y señor Alfonso IX, y ponerse á las órdenes del mensajero que tuviera á bien enviar en su nombre.
No dejó, á pesar de tales propuestas, de visitar con detenimiento y escrupulosidad el Capitán todos los departamentos del castillo, diciendo que deseaba conocer el estado en que se hallaban sus muros, fosos y almenas para resistir un ataque de los enemigos, y convencido al fin de que no se encontraba allí Vasco Martínez, emprendió la marcha á León, no sin descansar todo aquel día disfrutando de la buena hospitalidad del Alcaide de la fortaleza, á quien confirmó en su cargo, reforzando la guarnición del castillo con veinte hombres de toda su confianza para vigilar, acaso, la conducta del fiel Nuño.

torrenovaes (27)

Muros de Torrenovae

VI

En la siguiente primavera una numerosa partida de moros almohades, capitaneados por un guerrero con negra armadura, sin armas ni divisas en su roja bandera, sin plumas ni cimera en su brillante casco, entró por las fronteras de León, llevándolo todo á sangre y fuego, arrastrando villas y lugares, y dejando por donde quiera que pasaba el terrible rastro del incendio y la desolación más espantosa.
Reconoció desde luego Alfonso IX la mano de su vengativo y rebelde vasallo Vasco Martínez de Pimentel; pero disgustado con la Reina de Castilla Dª Berengueda y con su propio hijo don Fernando, tuvo que sufrir con reconcentrada ira los desmanes y tropelías cometidas por el señor de Torrenovaes y de los almohades venidos de África.
Falleció Alfonso IX, y á pesar de lo que dejara dispuesto en contra de su hijo, reuniéronse las coronas de Castilla y de León sobre la frente de Fernando III, el año 1217, siendo uno de sus primeros actos reintegrar en los derechos del señorío de Tonrrenovaes á la noble familia de Pimentel, sin que por eso se atreviese á llamar á su decidido partidario Vasco Martínez, á causa de la excomunión que sobre él pesaba, y que en aquellos tiempos ni el mismo Rey se atrevía á contrarestar.
No pasó mucho tiempo desde el advenimiento al trono de Fernando III, cuando se presentí en su Corte un caballero cubierto con negra y bruñida armadura, baja también la celada de su casco sin cimera, y solicitando una audiencia secreta del monarca castellano, quien no dudó un solo instante en acceder á la petición del misterioso caballero.
Breves debieron ser las palabras que mediaron entre el Rey y el encubierto personaje, saliendo este al poco rato con la cabeza inclinada hacia el suelo, cruzando silencioso por entre los caballeros de la Corte hasta llegar al espacioso vestíbulo del palacio, y desapareciendo rápidamente al galope de su árabe y fuerte corcel de batalla, que dejara confiado á un hombre de armas de la guardia del Rey.
Á los quince días de este suceso, que tanto preocupara á los infanzones y ricos-homes de la Corte, y que producido triste impresión en el ánimo del Rey, según se reveló en su pensativo y melancólico rostro, los habitantes del pueblecillo de Torrenovaes y los soldados del castillo comentaban la aparición de un encubierto y misterioso penitente que moraba en la vieja atalaya inmediata á la señorial fortaleza, y cuya ruinosa torre aun puede hoy contemplar el viajero sobre una verde colina próxima al castillo de Torrenovaes.
Alguna relación debía existir entre el solitario ermitaño y el fiel Nuño, pues también se le vió discurrir por los corredores, y la plataforma del elevado torreón, triste y pensativo desde el primero día en que apareció en la comarca el encapuchado personaje; y los hubieran vigilado durante la noche al ya viejo Alcaide de Torrenovaes, le hubiesen visto salir por la poterna del castillo con gran sigilo vesar el río Quiroga por un rústico puente de madera y dirigirse después hacia la vieja atalaya, á cuya puerta le estaba esperando el misterioso penitente para recibir un cesto de provisiones y estrechar cariñosamente y en silencio la mano del buen Nuño que, una vez cumplida su misión, se alejaba sin pronunciar una sola palabra, pero cabizbajo y revelando en sus facciones una profunda pena.
Llegó un día, al fin, en que Nuño no encontró al ermitaño esperándole, cual era sui costumbre, á la puerta de la torre. Subió con la premura posible la vacilante escalera, y allí sobre un montón de secas hojas, pudo contemplar el cadáver de aquel misterioso personaje, que había exhalando el último suspiro teniendo entre sus manos un pequeño crucifijo de bronce. Silenciosas lágrimas corrieron por las arrugadas mejillas de aquel fiel y constante amigo, el cual, arrodillándose á la cabecera del humilde lecho mortuorio, rezó con fervor una oración y cerró piadosamente los ojos del cadáver, alejándose después para regresar con cuatro escuderos del castillo y conducir á la capilla de la señorial fortaleza los inanimados restos del penitente.
Nadie pudo adivinar la causa de estas consideraciones y de los respetuosos homenajes que se rindieron al cadáver de un pobre ermitaño por el Alcaide de Torrenovaes; pero lo cierto es que el escudo del castillo apareció cubierto por negro paño de luto, y que los restos del misterioso penitente obtuvieron honrosa sepultura en el panteón de los señores de Pimentel.
Pasados muchos años, el señorío y el castillo de Torrenovaes vino á poder de los muy altos y ricos Condes de Benavente, por casamiento de una dama de esta casa con uno de los señores de la familia de los Pimenteles, perteneciendo en la actualidad si la memoria no me es infiel, á los Vázquez-Queipo de Galicia.

Detalle de interior

Detalle de interior